2. Participación & analogía
El concepto de determinación implica el de término y con él, también, el de terminación en el doble sentido de ente «que está terminado» y que «termina»; pero puede estar terminado sin que sea «finito» —una obra puede estar terminada y no ser finita— y terminar sin acabar (finiré). El ente finito en cuanto tal es determinado por el acto creativo de Dios, creado el ente que es con sus términos, dentro de los cuales es libre de hacerse lo que es, de terminarse hasta (.acabarse» (finirse) en el orden natural, de hacerse imperfectamente, de no hacerse o de corromperse. El acto con que cada ente es creado es definitorio —todo ente comprende lo que es y excluye lo que no es— y determinante, es decir, lo hace ser con sus determinaciones, signado, pero precisamente el signo determina el significado de cada ente. En este sentido, el determinar es como un proceder de la circunferencia al centro: reconducir los diversos términos, según el proceso dialéctico de la implicación y de la copresencia, a la determinación-centro, desde la que todo se irradia y en la que todo converge, siendo ella el punto o la determinación significante, que da significado a cada término tomado por sí y a todos.
Por lo tanto, el principio de la participación del ser finito creado respecto al Ser infinito creante, a fin de que incluya y mantenga el de la analogía y asegure la autonomía y la indestructibilidad del ente finito, va siempre unido al principio de determinación indeclinable por parte del ente finito mismo:
Como es necesario que el principio de participación para incluir y mantener el de analogía esté unido al principio de determinación, así es necesario que éste incluya y mantenga intacto el de participación. Ahora bien, decir que el hombre participa de Dios según aquel determinado «essendi modum» que conviene a su género y especie es indicar el modo de participación de su ser «a primo entes, propio del acto creativo del ente finito, creado ex nihilo. Pero Dios es infinito; de ello se sigue que esta participación es imperfecta o incompleta, y lo es también la analogía, en cuanto que el hombre con ella no participa de la infinitud de Dios y por esto carece del análogo correspondiente. A fin de que haya completa participación incluyente la analogía y la determinación y determinación incluyente la participación, es necesario que en la criatura inteligente haya, por don de Dios, no una parte o una chispa de Dios mismo —en tal caso quedaría negada la analogía y con ella la indestructibilidad del ente finito—, sino una idea, que no es una «emanación* de Dios ni creada por £1 ex nihilo, sino, como dice Rosmini, «abstraída» de Sí por Dios mismo; continente en cuanto tal en manera «análoga» la infinitud «propias de Dios. ¿Y qué otra idea puede ser infinita en sentido análogo al Infinito, sino la del ser? Por el ser como Idea la criatura inteligente es «signo» de Dios, lo divino interior a ella, lo que la hace a su imagen y semejanza y, por esto, perfectamente «participante» de Dios: infinita en sentido análogo y, en cuanto tal, inagotable por lo creado que es su término, pero no su fin último que es Dios, pero, como análoga, ella misma es determinación del hombre «en relación» a Dios. El vínculo creatural, y por esto el límite, envuelve a todo el hombre: como, y ya lo hemos dicho, principio de la subjetividad creado ex nihilo y por el ser como idea o principio de la objetividad, infinito, análogo y abstraído por Dios y unido al existente; por esto, la Idea infinita e inagotable por lo finito es infinitamente determinada en relación a Dios, por lo que todo el ser de cada hombre —la síntesis ontológica originaría— es dialéctico respecto y «hacia» el Absotutus; y con el hombre y a través de él es dialéctico lo creado. Pero precisamente esta su finitud ontológica dotada de un infinito análogo al Ser infinito y, por esto, determinado respecto a Él, este acto con que Dios, creándolo, lo despega de sí y a sí lo une por participación, pone al hombre como otro respecto de Dios; que es asegurarle la suficiencia y la indestructibilidad y al mismo tiempo asignarle como fin último no el mundo, que sería adecuarlo a él o naturalizarlo y, por esto, ponerlo en dependencia de él, ni la absorción o la disolución en Dios, sino su elevación a É1 —de donde su dignidad por encima del mundo que no puede mandarle— por visión beatífica, don de Gracia.
3. La dialéctica de los límites y la alteridad por amor.
«Existir en el confín»
El acto creatural que pone a la criatura como otro distinto del Creador —ontológicamente suficiente, autónoma y destinada a la perfección dentro de sus límites— por cuanto tal, es acto de amor: alteridad por amor o el dar y reconocer por parte de Dios, el Padre, a cada ente su ser y querer que se haga, en la y por la comunicación con Dios mismo y con todo otro ente, el ser que es, cada vez y mejor él mismo y, por esto, cada vez más «otro» respecto de los otros y de Dios: cuanto más la criatura, haciéndose el ser que es, toca la raíz o su nada, cada vez es más «otro» respecto del Creador de Su ser que lo quiere «otro», el ser que le ha dado. En otros términos, la alteridad por amor según la dialéctica de los límites o el espíritu de inteligencia, comporta que cada ente, en la unidad, integralidad y limites de su vida corpórea y de su existencia espiritual, se cumpla a sí mismo perfectamente según vocación, temperamento, carácter, inclinaciones, etc., actuando y revelando los valores de la vida y de la existencia, es decir, formando su individualidad y personalidad, que cuanto más son ellas mismas, más son otras respecto de las de los otros seres. Ahora bien, como el acto creativo de Dios no procede por «reducción» o por «substitución», según aut-aut que llevan al nihilismo ontológico, sino por posición dialéctica (más bien es el «modelo dialécticos), es decir, poniendo lo creado «en relación» a Él Absolutas, asi el desarrollo de perfección de cada ente según el modelo creativo es llamado —y el hombre «por nombres— a proceder no por reducción-anulamiento de sí mismo respecto a las cosas o a la naturaleza o de las cosas a si, de sí a los otros semejantes o de los otros a sí, de su «naturalezas humana a su persona o de ésta a aquélla, sino según el principio de la dialéctica de los límites propio de la alteridad por amor, que comporta la elevación de lo creado y de sí, en comunión con los otros, a su perfección última, obra también ella del acto de amor divino que gratuitamente le viene al encuentro en el difícil y atormentado itinerario amoroso.
Todo ente finito, en su determinación, como hemos dicho, tiene «térrninoss que lo mueven a un fin, alcanzado el cual, el término queda terminado, cumplido, agotado. El término termina: su realización coincidente con su cumplimiento o perfección, es también su fin, aunque, en el sentido que precisaremos dentro de poco, no es finito; pero, precisamente, porque finito significa cumplido y agotado, la inteligencia del ser, que mide y sobrepasa todo ente cumplido, plantea el problema de su cumplimiento. De ello se sigue que a cada existente le incumbe la obligación de «acabar» (finiré) cada acto suyo y no sólo de «terminarlo» lo menos mal, antes bien de «reacabarlo» (rifinirlo), es decir, no sólo de «cumplirlo» —que es poseer por entero las cualidades «con vistas al fin» de modo que sirva a todos los fines parciales, tales respecto al fin último— para su perfeccionamiento y el de los otros, sino de hacerlo perfecto: con cada una de sus partes acordada según el orden del ser de modo que haga toda cosa enteramente con diligencia y virtud mirando al fin. Cuando el existente es así cumplido y perfecto, con éste su haberse hecho todo lo que es, queda infinitamente incumplido, vive toda su no autosuficiencia y la de la creación entera, está en el fulgor de la inteligencia signada por el ser como Idea, signado, a su vez, invenciblemente por Dios: esplendor del limite que lo somete, venciendo toda resistencia de tentación, a la disponibilidad plena e incon-dicionada para estar a disposición de Dios, su cumplimiento sobrenatural: todo sí mismo al descubierto frente a la misericordia y a la justicia divinas.
En cada acto nuestro perfecto están copresentes y operan simultáneamente la inteligencia del ser infinito y con y por ella el conocimiento de los límites de todo ente y de nosotros mismos medidos por el ser, unidad ontológica que, si se cede a la tentación de escindir los dos momentos, lleva a la corrupción: o absohitizamos los términos haciéndolos, éste o aquél, nuestro fin último —reducción de nosotros a una cosa entre cosas únicamente cosas— o nos embriagamos de lo divino, olvidados de que es don de Dios; en uno y otro caso, reducimos a nada todo ente y a nosotros mismos. Si, en cambio, mantenemos aquella unidad, nuestro perfeccionamiento procede por actos finitos hasta su cumplimiento y, cumplidos, abiertos a nuevo cumplimiento, no en el sentido de que el acto cumplido pueda ser en si y respecto a si más perfecto, sino en el de que puede recibir nueva perfección o actualidad en su implicación y presencia en uno ulterior. Esto permite el empeño hasta el fondo en toda cosa sentida, conocida y querida, el reconocimiento de todo ser en su grado de ser, que es promoverlo a la perfección por el ser que es y, por esto, en cuanto otro según la alte-ridad por amor y al mismo tiempo no ponemos algo o alguno como fin último en obediencia a la dialéctica de los limites, desencadenada por el ser como Idea: existir reconociendo todo ser en su ser sin desconocer nada, el máximo posible de perfección, aun en su inmensa miseria, que la criatura puede ofrecer al Creador a fin de que Él opere el «resto», que es todo. Por esto, el principio de la dialéctica de los limites propio de la inteligencia es el fundamento de la alteridad por amor, que es obra de la voluntad libre en el orden del ser.
La inteligencia del ser, que nos da la verdad de toda cosa y con ella la sabiduría, nos enseña que no somos un pedazo o una parte de la naturaleza o de la historia o de la sociedad o de lo que se quiera (nulificación por defecto), sino inconmensurablemente más que la naturaleza y más que la totalidad de lo creado, aunque en unión a la naturaleza, a la historia y a la sociedad humana; no un órgano del todo, sino más que el todo en unión con el todo: personas libres, en este mundo, respecto de este mundo en unión con este mundo. Aquella inteligencia nos enseña también que no somos una partícula o una chispa de Dios, otro modo de negar el límite, negación que hace de nosotros y de las cosas, apariencias en espera de que se reabsorban en Dios (nulificación por exceso o por soberbia), sino que somos criaturas de Dios y, por esto, infinitamente menos que Él, unidos a Él por el vínculo creatural, lo mismo que nos hace otros distintos de £1. Cada vez que tendemos a identificamos con la naturaleza o con Dios, cedemos a la tentación, siempre tendida, de cancelar el limite, que es cancelarnos o nulificarnos en el uno o en la otra, es la estupidez. Por un lado, las cosas nos deben tocar con respeto, pero también nosotros, que vivimos en el mundo en unión con ellas, debemos respetarlas y amarlas por su ser; por otro, debemos acercarnos a Dios con infinito temor y temblor, con suma humildad, obediencia y adoración, también porque, por la destinación a que nos eleva. Dios mismo respeta y ama a sus criaturas, que ha querido autónomas, libres e indestructibles. Esto confirma cómo de la dialéctica de los límites brota la alteridad por amor y cómo inteligencia y voluntad forman una unidad entre sí y con los sentimientos y la razón.
El hombre es limite en carne y huesos: éste es su significado y el de toda cosa: el acto creativo con sus determinaciones «signa» y «signando» determina el «significado» del ente creado. Vivir en el mundo es existencia de confín; vivir con inteligencia es aceptar hasta el fondo este existir de confín, larga y fatigosa jornada de resistencia a la sirena que canta, por la cola, tratando de mundanizarnos o de naturalizarnos y, por la boca, de derretirnos en Dios; pesado y, a la vez, gozoso camino hacia la libertad, educación viril y comprometida que no permite fáciles o complicadas distracciones. De confín: bajo el abismo que llama en dos direcciones opuestas pero de idéntico resultado, nuestra nada; de confín, resistiendo en el fiel sobre el abismo según nuestra condición humana, en un equilibrio que tiende al desequilibrio, a la caída; existiendo en unión con la naturaleza, pero bajo el ojo interior del espíritu para no extraviar nuestra dignidad ontológica y sin menoscabar el deber de respetar y de reconocer toda cosa en su ser —sólo así, aun comunicando con la naturaleza, interrumpimos el camino que nos lleva a identificamos con ella, despeñándonos por debajo de nuestra destinación—; y contemporáneamente existiendo en unión con Dios pero siempre en acto de dependencia confiada, de obediencia incondicionada y de amorosa adoración, y asi queda interrumpido el camino que nos tienta a fundirnos inmediatamente con Él, a perder nuestro ser de criaturas. Vivir «estando» en el confín es el existir inteligente pero cargado de todas las responsabilidades frente a nosotros mismos, a la naturaleza, a nuestros semejantes, a Dios; mucho más cómodo es vivir como «estúpidos», perdidos los limites y el principio dialéctico, corrompiéndonos: éste es el mal, el pecado contra el ser, contra la verdad y contra el bien, contra toda la obra amorosa de Dios creador. Esto confirma que no es mal el límite ontológico y los otros que son inherentes a todo ente finito, pero lo es la corrupción de la criatura, la disformidad respecto de sí misma, el «no ver» las profundidades de su ser y «negarlas», la «deposición» por negligencia o por soberbia de sus límites y con ellos de su ser, caída por debajo del Ser y por debajo de la Nada —estar en el confín haciendo contrabando con el propio ser—: de la inteligencia en la estupidez de nada, «reducción» a cero por proceso «malicioso» de «substituciones».